TLACO
el rosario de Anáhuac
FRANK DÍAZ
Historia del rosario
El collar de cuentas tiene una historia más vieja que nuestra especie. En yacimientos arqueológicos de Europa y Asia se han hallado cuentas de más de 100 mil años, labradas por neandertales y denisovanos, dos especies que nos precedieron. El collar de cuentas completo más antiguo descubierto tiene una edad de 75 mil años y apareció en la cueva de Blombos, Sudáfrica. Consiste en 41 pequeñas conchas de molusco perforadas, que fueron dejadas en la cueva quizás como ofrenda ritual.
Los collares paleolíticos no eran simples adornos: servían para indicar el status del chamán. Esto sugiere que se usaban para rezar sonidos u oraciones, a fin de propiciar estados de concentración y éxtasis. Si esta interpretación es correcta, los collares paleolíticos son los antepasados de los rosarios devocionales que emplean algunas religiones en la actualidad.
Los primeros rosarios del Viejo Mundo con una función claramente religiosa, aparecen en relieves hindúes de hace 3 mil años. Afirma el mito que este implemento devocional fue inventado por Brahma, el aspecto creador de la deidad hindú. Los Yapamalam o rosarios hindúes tienen 108 cuentas rematadas por un cono que representa al monte Meru (el sitio donde los mitos ubican la creación del ser humano). Sus cuentas son continuas, pero se organizan simbólicamente en tres secciones, cada una con 36 cuentas, relacionadas con los tres aspectos de la Trimurti o trinidad hindú.
Los budistas tomaron su rosario de los hindúes y lo transformaron en atributo de Awalokiteshwar, el Buda de la compasión. El rosario budista se organiza en 4 secciones dedicadas a los 4 sostenedores del mundo, cada una con 27 cuentas (el cubo de 3). Varios siglos antes de la era cristiana, los misioneros budistas llevaron este artefacto a China, Japón y Europa, donde fue adoptado con uso ritual por los griegos y romanos.
En el siglo 7 después de Cristo, los musulmanes importaron el rosario de la India y lo incorporaron a sus prácticas espirituales. El rosario islámico, llamado Tabish o Masbaha, tiene 99 cuentas que representan los nombres externos de la deidad (se omite el centésimo nombre porque es oculto). Por influencia de la trinidad cristiana o hindú, los turcos organizan esta cantidad en tres bloques de 33 cuentas, dedicados a los tres aspectos de Allah: el alabado, el glorioso y el grande.
Los cristianos comenzaron a usar rosarios hacia el siglo 8. En el siglo 12, el monje Pedro el Ermitaño lo difundió en su lucha contra los cátaros (una iglesia cristiano-zoroastriana que se oponía al poder de Roma). Un siglo después, Domingo de Guzmán, fundador de la orden de los dominicos, reconoció el potencial de este objeto para conducir las letanías, y afirmó que la propia Virgen María le ordenó que estableciera la práctica habitual del Santo Rosario. Se le dio el nombre de “rosario” por metáfora, pues los rezos se comparan con guirnaldas de rosas ofrecidas a María.
El rosario cristiano tiene 50 cuentas organizadas en grupos de 10, y otras 4 separadas que representan la unidad de la Santísima Trinidad. Los historiadores suelen considerar que fue una adaptación del rosario islámico, pero, el hecho de que tenga 54 cuentas (la mitad de las cuentas del rosario hindú), sugiere que fue tomado de la India o de los misioneros budistas en Europa.
Los budistas tomaron su rosario de los hindúes y lo transformaron en atributo de Awalokiteshwar, el Buda de la compasión. El rosario budista se organiza en 4 secciones dedicadas a los 4 sostenedores del mundo, cada una con 27 cuentas (el cubo de 3). Varios siglos antes de la era cristiana, los misioneros budistas llevaron este artefacto a China, Japón y Europa, donde fue adoptado con uso ritual por los griegos y romanos.
En el siglo 7 después de Cristo, los musulmanes importaron el rosario de la India y lo incorporaron a sus prácticas espirituales. El rosario islámico, llamado Tabish o Masbaha, tiene 99 cuentas que representan los nombres externos de la deidad (se omite el centésimo nombre porque es oculto). Por influencia de la trinidad cristiana o hindú, los turcos organizan esta cantidad en tres bloques de 33 cuentas, dedicados a los tres aspectos de Allah: el alabado, el glorioso y el grande.
Los cristianos comenzaron a usar rosarios hacia el siglo 8. En el siglo 12, el monje Pedro el Ermitaño lo difundió en su lucha contra los cátaros (una iglesia cristiano-zoroastriana que se oponía al poder de Roma). Un siglo después, Domingo de Guzmán, fundador de la orden de los dominicos, reconoció el potencial de este objeto para conducir las letanías, y afirmó que la propia Virgen María le ordenó que estableciera la práctica habitual del Santo Rosario. Se le dio el nombre de “rosario” por metáfora, pues los rezos se comparan con guirnaldas de rosas ofrecidas a María.
El rosario cristiano tiene 50 cuentas organizadas en grupos de 10, y otras 4 separadas que representan la unidad de la Santísima Trinidad. Los historiadores suelen considerar que fue una adaptación del rosario islámico, pero, el hecho de que tenga 54 cuentas (la mitad de las cuentas del rosario hindú), sugiere que fue tomado de la India o de los misioneros budistas en Europa.
El rosario anahuaca
En el arte de Anáhuac (el México antiguo) aparecen collares de cuentas desde el período formativo, hace más de 4 mil años. A partir de la era cristiana se hacen tan frecuentes, que es difícil encontrar un personaje que carezca de algún tipo de collar.
El contexto ritual o devocional de esas imágenes, así como las citas de los cronistas del siglo 16, indica que los collares anahuaca tenían dos dimensiones: profana y sagrada. El collar profano se llamaba en náhuatl Koskatl y en maya Kalpek, nombres que también se aplicaban al collar devocional, pero los mayas dieron a este último el nombre específico de U, cuenta, ciclo, mientras que los nahuas le aplicaron diversos nombres que veremos adelante.
Los rosarios profanos servían principalmente para adornar. Los ricos usaban cuentas de ámbar, coral, nácar, jade, cristal de roca y oro; los pobres, de madera, semillas, hueso y cerámica. También eran emblema de status. Así como hoy marcamos el rango militar y deportivo con ciertos signos y metales, penalizando su uso indebido, los anahuacas reservaron las cuentas de jadeita como distintivo de sus oficiales, y prohibieron su uso a quienes no habían ganado grados.
“El que hurtaba algún chalchihui (cuenta de jade) en cualquier parte, era apedreado en el tianguiz (mercado), porque ningún hombre bajo podía tener chalchihui.”
(Historia de los mexicanos por sus pinturas)
Otro uso profano del rosario, era como herramienta de cómputo. Pertenecen a este concepto unas cuerdas con nudos llamadas Nepowaltsitsin, calculador, similares a los quipus andinos, lo que indica que con ellas se podía numerar y representar conceptos. Para contar ciclos, preferían cuerdas con cuentas, como leemos en los siguientes versos mayas dedicados a la diosa de los partos y al cálculo de la fecha natal de un niño:
“Lo concibió la señora del signo celeste, la que registra (las fechas) en el cielo, la que inscribe la fecha, la que asigna la constelación, la que ensarta (repasa) las cuentas, la ensartadora de cuentas preciosas.”
(Bacabs 12.30)
“En el bosque celestial está la señora que inflama el fuego virgen (de la generación), la hermosa señora que extiende los hilos, la hermosa señora de las cuentas, la hermosa señora que esparce las ondas.”
(Dzitbalché 11.10)
El uso de collares en el cálculo natal, unido al concepto de preciosidad inherente a las cuentas, explica por qué, en el lenguaje elegante, los anahuacas llamaban a sus hijos collares.
“Si uno o dos collares vienen a la vida y nacen del seno de la dueña de la falda y la camisa, preparaos y atendedlos, velad por ellos.”
(Wewetla’tolli, Libro de los Hijos 5.9)
El conteo con rosario se conservó tras la invasión de América, como muestra la siguiente lámina de un códice colonial elaborado en Oaxaca, donde, en un día de fecha 7 Mono, un hacendado computa los datos que le transmite un tributario de nombre Ocelote, con un extenso collar de refinadas cuentas abierto por sus extremos:
El uso devocional
El conteo de cantidades mediante cuentas aplica el principio básico de los rosarios devocionales: el repaso de las cuentas entre los dedos para marcar pautas. Esto nos lleva a la segunda dimensión del rosario prehispánico: la sagrada o devocional.
Un códice colonial conserva la lista de las joyas e insignias que identificaban a los líderes mexicas. Entre ellas, aparece un rosario amarillo con la siguiente frase náhuatl: Teucuitlacuzcatl temoltic (fonetizado Teokuitlakoskatl temoltik), collar de oro para ruego o solicitud. En otras palabras: al igual que las civilizaciones del Viejo Mundo, los anahuacas aprovecharon sus collares para elevar rogativas a sus dioses. Por la antigüedad de ese uso, según sugiere la evidencia arqueológica, considero que esta práctica no es producto de la influencia asiática, sino de una tradición paleolítica anterior al poblamiento de América.
Para dejar claro que el rosario devocional no era un adorno, los nahuas le llamaron Tsoaktli, término que literalmente significa semilla arrugada, seca, pero se aplicaba en el sentido de humildad, con independencia del material empleado para confeccionar las cuentas.
“Ellos usaban en sus rezos unas cuentas como las nuestras que llamaban Tzoactli, lo cual, en su lengua, significa ‘pobrecillo’.”
(Francisco Hernández, Antigüedades de los indios)
Afirman los cronistas que el repaso de las cuentas iba acompañado de vocalizaciones. Lo confirman numerosos relieves donde aparecen personajes con rosarios que abren sus bocas expresivamente, o se asocian a vírgulas simples o floridas - los glifos respectivos de la palabra y la oración o el canto devocional.
Los devotos acostumbraban llevar sus rosarios a los servicios religiosos para ostentar piedad. De hecho, en ciertas fechas, confeccionaban rosarios ceremoniales especiales, que luego ofrendaban al fuego; por ejemplo, en la veintena dedicada a agradecer a los creadores del maíz, la gente se adornaba con sartas de granos de maíz, llamadas en náhuatl Sinkoskatl, collar de maíz.
Otro uso ritual del rosario, era como apoyo en las prácticas penitenciales. Los anahuacas acostumbraban punzarse con agujas de maguey o cristal de roca como pago simbólico por sus transgresiones. Parece que contaban las punciones con las cuentas del rosario, pues Sahagún afirma que, si la persona no podía asistir al rito por enfermedad u otra razón, su rosario podía representarla.
“(Cuando el estudiante volvía a casa,) le quitaban las cuentas y las dejaban en el monasterio, porque decían que el espíritu del muchacho estaba unido a las cuentas, y el mismo espíritu hacía los servicios de penitencia por él.” (Historia General)
Así como, en la actualidad, los escolares usan ciertos uniformes, el distintivo de los estudiantes de Anáhuac era un rosario confeccionado con una planta llamada Tlakopa’tli (de Tlakotl, tallo, y Pa’tli, medicina), cuyo nombre se conserva hasta hoy en el centro de México (Aristolochia grandiflora). Además de ayudarles a calcular y a rezar, tales collares tenían un fin higiénico, pues, por su olor y propiedades químicas, alejaban insectos y prevenían contagios.
“(Usaban) unas cuentas de palo que llamaban Tlacopahtli … Le ponían collares (de esta planta) a los niñitos, porque es muy olorosa y aleja las enfermedades.” (Historia General III)
Simbolismo del rosario anahuaca
Los antropólogos le han prestado poca atención al rosario prehispánico, interpretándolo únicamente como un objeto de adorno equivalente a otros implementos que usaban los prehispánicos, como las colleras de cuero, las argollas de metal, las medallas con el tonal (nombre propio), y las caracoles emblemáticas de su fe. Sin embargo, el rosario tenía un simbolismo específico derivado de su uso devocional. El simbolismo comenzaba en sus componentes básicos: el hilo y las cuentas. El hilo era el aspecto nagual o interior del rosario; simbolizaba lo oculto y esencial, lo continuo, fluido e infinito, y el potencial creador. En forma de lazo, o enredado en un ovillo, el hilo era signo de Mayahuel y Tlasolteotl, las diosas de la fertilidad y el parto, representando el aliento, las generaciones y la continuidad de la vida.
Por su parte, las cuentas eran el aspecto tonal o exterior del rosario. Simbolizaban lo evidente, discontinuo y puntual, los ciclos de tiempo y las generaciones humanas. Este último sentido quedó ejemplificado en las estelas genealógicas zapotecas, donde el fundador del linaje suele enarbolar un collar para enlazarse con sus descendientes.
Las cuentas también significaban la unidad y lo precioso. Cuando se confeccionaba con semillas, aportaban al rosario un sentido adicional: el poder de germinar o crear. Como la semilla por excelencia era el maíz (la materia con la que fue creado el ser humano, según el mito), las cuentas connotaban los sentidos de intencionalidad y perfección, recogidos en el nombre náhuatl del dios del maíz: Senteotl, divina semilla, divino maíz, divina unidad.
Estos simbolismos quedaron resumidos en los murales de Teotihuacan, donde vemos procesiones de sacerdotes vestidos como serpientes emplumadas, que lanzan puñados de semillas para actualizar el mito creador, cuyo ruido, al golpear la tierra, se eleva al cielo cual florida oración.
El mismo tema aparece en las estelas mayas, sólo que, allí, las semillas se transforman directamente en rosarios. Este simbolismo sugiere que aquellos devotos interpretaban el acto de elevar rezos con la ayuda de cuentas como una especie de siembra espiritual, cuyo fruto era el merecimiento.
El simbolismo de la siembra adquiría connotación teológica en el verbo náhuatl que describía la germinación de la semilla: Shoshou’ki, reverdecer, pues, en acepciones místicas, también significaba resucitado y liberado. Al pasar las cuentas, el devoto proyectaba a lo alto su intento de renacer espiritualmente.
Este simbolismo nos ayuda a entender ciertas imágenes de los códices Magliabechi y Tudela, que representan el concepto de la resurrección como un hueso que florece, nacido de la frente de la Serpiente Emplumada o de alguna de sus advocaciones. De la flor se proyecta un collar de plumones, emblema de las generaciones, al que acude un devoto en forma de colibrí.
Un tercer significado del rosario deriva de la asociación del repaso de las cuentas con la pronunciación de sonidos. Puesto que ambas actividades se sincronizaban, el rosario llegó a ser emblema del aliento, la vida y el espíritu. Por ello, en los códices mixtecas, vemos collares que se proyectan de las narices o las bocas de personajes que realizan actos rituales. En esta lectura, el hilo simboliza la continuidad de la vida y la conciencia, mientras que las cuentas son las respiraciones y las vivencias particulares.
En una aplicación más específica, el rosario pasó a simbolizar el Tleyotl, energía o fuerza vital - el producto por excelencia de la respiración. Consideraban los anahuacas que la vitalidad circula a través de la columna vertebral, y desde allí se distribuye al resto del organismo; por ello, en el lenguaje esotérico, llamaban a la columna vertebral “el rosario del Sol” (de la energía), interpretando la médula espinal como el hilo, y las vértebras como las cuentas, según afirma un libro maya llamado Noj Winikil Kan, los dichos del gran cuerpo:
“¿Qué significa el collar de vértebras en tu espalda? Es el rosario de oro del señor 1 Ajau (el Sol).”
(Libro del Gran Cuerpo 27,28).
Los sentidos germinativo y energético convergían en el simbolismo sexual, pues los anahuacas creían que la chispa de vida se concentra en el impulso sexual. Por lo tanto, no es sorprendente que las fuentes asocien el rosario con la pareja y la fecundación, y con el corazón - la sede de los impulsos emocionales.
Características del rosario anahuaca
Casi todos los rosarios que aparecen en las pinturas anahuacas están pintados de verde o turquesa. De hecho, los textos mayas llaman al rosario las cuentas verdes, y algo similar encontramos el Códice Carolino, de origen mexica, que se refiere a la cuenta ceremonial como el verdiazul.
“Hijo mío, ya que eres gobernante y poderoso representante, ve a traerme las cuentas verdes con las que oras. Estas cuentas verdes que le pide son las piedras preciosas del rosario.”
(Chilam Balam, Suyua 4.9-10)
Algunas imágenes, como la que vemos en el siguiente mural totonaca, aún conservan el verde original. Especulo que, quienes no podían comprar rosarios de auténtico jade o turquesa, o no les era lícito portarlos, usaban cuentas de otros materiales teñidas de verde. ¿Por qué este color? Porque, como ya mencionamos, en náhuatl (así como en maya y otras lenguas mesoamericanas), el nombre del verde-azul también significa resurrección espiritual.
El rosario se fabricaba con cualquier material que tuviera consistencia suficiente para resistir el continuo paso entre los dedos. Para facilitar la práctica, las cuentas eran lisas, redondeadas y de tamaño uniforme. A juzgar por las imágenes, las disponían en forma continua, o en bloques demarcados por cuentas más grandes.
Un texto maya menciona el número de cuentas:
“Entonces le pregunta (el iniciador) en qué días ora. ¡Oh, Padre! – le dice -. Yo oro en el primer día, y también oro en el décimo día de la veintena. ¿En qué otros días elevas y completas tu oración? ¡Oh, Padre! Yo cuento y repaso las cuentas de mi rosario en los nueve días de la novena y en los trece días de la trecena, en honor a los nueve dioses y a los trece dioses. Tal es el habla oculta.” (Suyua 4.11-14)
La razón por la que escogieron los números 9 y 13, es porque eran claves en aquella cosmovisión, ya que formaban parte importante de los ciclos calendáricos, y organizaban los planos del cielo y el inframundo. El 9 representaba a los señores nocturnos, personificaciones del estado potencial de la energía; el 13 se asociaba con los planos celestes y el desarrollo de la conciencia.
Las pinturas y relieves confirman estos números, pues, con frecuencia, muestran collares de 9 o 13 cuentas, o su sumatoria. Por ejemplo, en este dibujo de un vaso maya vemos al anciano dios del tiempo que sale de un caracol, contando ciclos con la ayuda de un rosario abierto organizado en
dos secciones unidas por una cuenta mayor. Una de ellas tiene 13 cuentas y la otra 7, que, con la cuenta mayor, y la que se supone oculta tras la mano del practicante, completan la novena.
También muestran las imágenes que había rosarios cortos y largos. Los cortos tenían módulos simples de novena y trecena, pero los largos contenían varios módulos, o tal vez otros números importantes de la cosmovisión. El modo habitual de llevar los rosarios cortos, era en torno al cuello o la muñeca. Los largos se colgaban a través del torso, desde un hombro hasta el lado opuesto de la cintura.
Una característica interesante es que, a diferencia de los collares de adorno, que solían formar ciclo, los devocionales eran abiertos y remataban sus extremos con borlas rojas llamadas en náhuatl Tsontli. El hecho de que muchos personajes con rosarios porten Shikipilli (las bolsas que identificaban a los sacerdotes) sugiere que los rosarios se guardaban en esas bolsas, junto con otros implementos devocionales, como espinas, motas de algodón e incienso. Sin embargo, algunas imágenes muestran que los rosarios abiertos también se podían llevar en el cuello, mediante el recurso de torcer sus extremos.
El rosario meditativo
La abundancia de figurillas meditativas en el arte testimonia la importancia que le dieron los mesoamericanos al ejercicio de la meditación, al que los nahuas llamaron Teomania, darse a lo divino. Esta característica de la cultura explica por qué desarrollaron técnicas de atenuación perceptual y concentración como la quema de resinas aromáticas, la visualización de cosmogramas (imágenes concéntricas) y el rosario devocional. El propósito de estos recursos era acallar el ruido de la mente para propiciar el estado de éxtasis, tal como expresa un conjuro nahua que describe al sacerdote que se dispone a realizar la práctica penitencial nocturna:
“En estado de paz yo, el que se concentra, el que domina la sensación, vengo a sojuzgar a mi herencia humana. He adormecido mis manos, mi carne está insensible, ya no siento las burlas de mi condición humana. Soy el sacerdote de la Serpiente Emplumada, nada en mi mente. Soy el guerrero (del espíritu), nada me causa impresión.”
(Alarcón, Tratado de las idolatrías ii.1)
Para comenzar la práctica, el devoto higienizaba su cuerpo y se sentaba sobre un petate con dibujos de serpientes entrecruzadas llamado Koapetlatl, estera de serpientes, adoptaba una postura firme, calmaba su respiración y dirigía a su rosario una invocación de apertura por el estilo de la que contiene el siguiente conjuro médico:
“Invoco tu favor, sagrario nueve veces pasado entre los dedos, cuentecilla nueve veces invocada, nueve veces estrujada, verde sagrario.”
(Alarcón, Tratado de las Supersticiones)
A continuación, pronunciaba sonidos mánticos, nombres divinos, palabras poderosas u oraciones, sincronizados con el repaso de las cuentas, como observó un cronista respecto a una práctica formalmente similar al rosario (aunque orientada a la adivinación, no a la meditación), consistente en lanzar sobre un paño y luego recoger granos de maíz o cuentas de piedra:
“Tienen conjuros, invocaciones y encantos con que conjuran los instrumentos de la suerte, como son las manos y los dedos, invocando a sus dioses y encantando las pedrezuelas o maíces que tiran.”
(Alarcón, Tratado de las Supersticiones)
Las imágenes indican que el rosario se pasaba con una sola mano, fuese la izquierda o la derecha. Ignoro si esto se hacía a preferencia de practicante, o por asociación simbólica de esos sentidos de dirección con prácticas específicas.
La mano se colocaba a la altura del corazón, ocasionalmente sobre el muslo, el collar nunca tocaba el suelo. Las cuentas se apoyaban sobre el dedo medio, se aseguraban con el índice y se halaban con el pulgar hacia el interior de la mano. Este acto se llamaba en náhuatl So’so, y en maya Jul, ensartar, y Etba, pasar cuentas; parece haber quedado descrito en una fuente mexica:
“(El sacerdote) tomaba (la cuenta) verdiazul y, sujetándola con los tres dedos pulgar, índice y cordial, de este modo le hablaba al guijarro: ‘por favor, ven a ayudarme, tú, que te enroscas en el cuello y la muñeca’.”
(Códice Carolino)
Cuando el practicante llegaba a la última cuenta, tanto si el rosario era abierto como cerrado, lo volteaba con un rápido movimiento de la mano, y recomenzaban el conteo en sentido contrario.
Se podían hacer tantas rondas de rezos como fuese necesario. No era correcto dejar una ronda a la mitad, pues indicaba falta de voluntad.
Una vez que las vocalizaciones calmaban el torrente mental y le daban coherencia, el practicante abandonaba el rosario para conseguir un silencio de calidad.
Un fenómeno que notan quienes acostumbran esta práctica, es que, con el tiempo, se genera un vínculo afectivo con el objeto que afecta la pureza de la meditación. Para disipar el apego hacia sus rosarios, los anahuacas acostumbraban quemarlos ritualmente en las ceremonias de fuego nuevo que celebraban cuando las Pléyades ascendían al centro del cielo a la medianoche.
Vocalizaciones, letanías y oraciones
La única asociación explícita que queda en las fuentes entre el repaso del rosario y un rezo específico, es la afirmación de un practicante maya que ya estudiamos, respecto a que rezaba los nombres de los señores del cielo y el inframundo. Se conservan los nombres de los señores nocturnos en náhuatl y maya, he aquí la lista:
1
Shiu’teku’tli, señor del fuego
Bolon Ch’ul, 9 ríos
2
Itstli, cuchillo de obsidiana
Joi Abak, derramador de hollín
3
Piltsinteku’tli, niño señor
Janabchajon, descarnador
4
Senteotl, divina unidad
Wuk Aj, 7 desintegrador
5
Miktlanteku’tli, señor de los muertos
Jo Nen, 5 roseta
6
Chalchiu’teku’tli, señor precioso
Bolon Nal, 9 mazorca
7
Tlasolteotl, divina inmundicia
Sakwenko, perverso mentiroso
8
Tepeyollotl, corazón de la montaña
Yolwits, corazón del monte
9
Tlalok, sobre la tierra
Chakk’in, Sr. de la lluvia
De los 13 señores diurnos o celestiales sólo conocemos sus nombres en náhuatl:
1 Shiu’teku’tli, señor del fuego
2 Tlalteku’tli, señor de la tierra
3 Chalchiu’teku’tli, señor de los jades
4 Tonatiu’, sol
5 Tlasolteotl, divina inmundicia
6 Miktlanteku’tli, señor de los muertos
7 Shochipilli, príncipe de las flores
8 Tlalok, sobre la tierra
9 Ketsalkoatl, serpiente emplumada
10 Teskatlipoka, humo del espejo
11 Yowalteku’tli, señor de la noche
12 Tlawiskalpanteku’tli, señor de la aurora
13 Sitlalinikue, falda de estrellas
Supongo que los practicantes no desdeñaban rezar otros grupos de nombres con valor litúrgico o cosmológico, como las 9 flores nocturnas, los 13 volátiles diurnos, los 13 planos celestes, los 9 planos del inframundo, los 20 signos del calendario y sus 20 dioses acompañantes, los 4 cargadores del Cosmos, los 9 Tsitsimime’ o astros nocturnos, y los 7 cuecueyos o centros de percepción.
También hay evidencia en las fuentes de otro tipo de rezo, consistente en repetir palabras o frases en forma letánica. Los pintores mayas inscribieron con frecuencia tales letanías en el borde o el pie de los vasos y platos de ofrenda. En la actualidad, los arqueólogos las interpretan como seudoepigrafía (escritura falsa), suponiendo que el pintor no sabía leer, y escribió una única palabra al azar.
Considero que tal interpretación es errónea, pues, al analizar ese tipo de inscripción, se nota que los signos elegidos tienen sentido ritual o devocional. Por ejemplo, en la parte superior de un vaso maya que contiene una procesión de mujeres y hombres alternos que portan rosarios, el pintor escribió 12 veces la palabra U, rosario, y 4 veces la palabra Lil, repasar.
Es obvio que el propósito de estas inscripciones era transmitir una invocación por parte de la persona que ofrendaba el recipiente. Era una costumbre similar a la de escribir oraciones en banderas y colgarlas de las azoteas de las casas, en la creencia de que, cada vez que el viento las sacudía, se elevaba la oración.
Cuenta un cronista respecto a la práctica adivinatoria con cuentas:
“Son sortílegos, y echan un gran puño de maíz, contando de dos en dos… Y las palabras que decía mientras contaba el maíz, no eran más que decir Huilan, ‘nones’, y Caylan, ‘pares’.”
(Sánchez de Aguilar, Idolorum Cultore)
Esta letanía difrásica en lengua maya me lleva a suponer que, otro tipo de vocalización vinculada al rosario, consistía en pronunciar alguno de los numerosos difrasismos que tenían las lenguas de Anáhuac, muchos de ellos con contenido filosófico, teológico o propiciatorio; por ejemplo:
- Nawal Tonal, oculto y evidente (el poder de percibir).
- Tlilli Tlapalli, rojo y negro (la sabiduría).
- Senteotl Ometeotl, divina unidad y divina trinidad (la energía cósmica creadora).
- Tloke’ Nawake’, dueño del cerca, dueño del junto (la totalidad).
- Yowalli E’ekatl, tinieblas y viento (lo abstracto).
- Ipalnemoani Moyokoyani, por quien vivimos, quien se crea a sí mismo (apodo de Teskatlipoka, el dios de la percepción).
- Yowalkoatl Ketsalkoatl, serpiente nocturna, serpiente diurna (la Serpiente Emplumada).